En un parque Murillo Toro completamente abarrotado, en una noche fresca y ante una ciudadanía que aún respalda su gobierno, el presidente Gustavo Petro cerró su intervención proponiendo una Asamblea Nacional Constituyente para impulsar los cambios sustanciales que, según él, el país reclama. Una propuesta que incomoda profundamente a los sectores tradicionales defensores del statu quo, acostumbrados a preservar y heredar sus privilegios.
Hablar de una Constituyente no es algo nuevo. En los años ochenta, el Ejército Popular de Liberación (EPL) fue pionero en plantearla, en un contexto de aguda crisis política y social. En 1984, esta guerrilla, con Oscar William Calvo como vocero, propuso convocarla como un mecanismo de participación ciudadana, orientado a construir paz y promover una transformación estructural del Estado colombiano, en busca de una apertura democrática. Era la época de la exclusión política impuesta por el bipartidismo liberal-conservador heredado del Frente Nacional.
Aunque en esa década la propuesta no prosperó, sí sembró las bases del debate que culminaría en la promulgación de la Constitución de 1991, aún vigente, aunque profundamente reformada.
Volviendo a la iniciativa del presidente Petro, sus argumentos giran en torno al bloqueo sistemático del Congreso frente a las reformas sociales de su gobierno. No es un secreto que el sistema político tradicional frena los cambios estructurales. El expresidente del Senado llegó a autoproclamarse “jefe de la banda” para hundir iniciativas legislativas del Ejecutivo, como las reformas a la salud, laboral y política.
Otro elemento clave es la necesidad de reformar los sistemas político y judicial. Petro plantea que la Constituyente debe servir para reconfigurar el equilibrio de poderes, transformar la justicia, ampliar la participación ciudadana y ajustar el modelo económico hacia uno más incluyente.
Con esta propuesta, el presidente vuelve a imponer la agenda del debate nacional. Diversos sectores opositores sostienen que la intención es concentrar poder y allanar el camino a la reelección presidencial, aunque Petro lo ha negado reiteradamente. Aun así, no cuesta imaginar el temor que pueden causar en gremios y élites políticas los cánticos populares que claman “¡reelección!”.
El debate ya está sobre la mesa. La idea de una Constituyente llegará a todos los rincones del país y abrirá espacios de educación política para grandes sectores de la población. El objetivo es claro: que el pueblo tenga la última palabra frente a reformas bloqueadas por el Congreso. Sin embargo, la propuesta enfrentará innumerables obstáculos políticos y legales, y su viabilidad aún es incierta. Aun así, será imposible ignorarla.
Ya se habla de recolectar los dos millones y medio de firmas necesarios para su convocatoria. Esto, en medio de una campaña electoral tan polarizada como la actual, agitará aún más el ambiente político. El pueblo tiene la palabra, y pronto veremos si, como dice un conocido libro de picaresca política, hay “manera”… o si “al pueblo nunca le toca”.
